Desde los Ojos de María
La conmovedora historia de la crucifixión y resurrección de Jesús, narrada desde la perspectiva íntima y dolorosa de su madre, María.
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La conmovedora historia de la crucifixión y resurrección de Jesús, narrada desde la perspectiva íntima y dolorosa de su madre, María.
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Nunca imaginé que el tierno niño que arrullé en mis brazos cargaría su propia muerte. Aún recuerdo sus pequeñas manos buscando las mías en la penumbra. Lo vi crecer, sonreír, y hablar del amor con una dulzura infinita. Pero una mañana gris, Jerusalén se llenó de un frío susurro de traición. Los rumores volaban por las calles: lo habían arrestado en la noche. Corrí con el corazón desbocado entre una multitud hostil y ruidosa. Y entonces, entre el polvo, lo vi. Su espalda estaba destrozada por los azotes despiadados. Una corona de espinas clavada en su frente derramaba sangre sobre su rostro. Cada burla de los soldados hería mi alma como un puñal frío. Quise correr, romper la fila y estrecharlo contra mi pecho. Quise gritarles que se detuvieran, que me castigaran a mí. Quise cargar esa áspera madera sobre mis propios hombros hambrientos de paz. Pero solo podía mirar desamparada, con los ojos inundados de lágrimas. De pronto, en medio del caos, nuestras miradas se encontraron. En sus ojos no vi odio, ni rencor, ni sed de venganza. Solo vi un amor inquebrantable que perdonaba a sus verdugos. Cuando cayó bajo el peso de la cruz, el mundo entero se desplomó conmigo. Caminé tras sus huellas ensangrentadas hasta la cima del Calvario. Allí, el eco del metal desgarrando su carne rompió el viento. Ninguna madre está lista para ver a su hijo clavado en un madero. Suspendido entre el cielo y la tierra, su voz aún susurraba compasión. En su último suspiro, volvió a mirarme con infinita ternura. Permanecí firme al pie de la cruz, sin esconderme del dolor. No podía salvarlo, pero decidí acompañarlo hasta el final. Cuando todo terminó, un silencio sepulcral devoró la tierra. Sin embargo, guardaba una promesa grabada en lo más profundo. Porque la tumba fría no pudo contener la fuerza de su vida. La luz de la resurrección venció para siempre a las sombras. Si hoy atraviesas tu propia tormenta, confía: el amanecer siempre llega.